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lunes, 3 de octubre de 2016

Hoy, hace 50 años...

   Hoy, 3 de octubre de 2016, se cumplen cincuenta años que se conocieron mis padres. Fue, como hoy, un lunes; mi papá tenía días de haber vuelto de su maestría en California y mi mamá estaba empezando su segundo año de carrera en Sociología UCAB. Fue su profesor, ella su mejor alumna, luego preparadora, luego novia y finalmente esposa y madre de su único hijo.

   Anoche, domingo 2, me quedé dormido viendo una película en el mueble de la sala; soñé que subía a mi habitación en una casa oscura cuando de repente, detrás de mí, se encendía una luz que desplegaba un rectángulo amarillo que me enmarcaba completamente. Volteé sorprendido porque creía estar solo y cuando veo, en el baño de visita quien estaba era mi papá, lavándose la cara en el lavamanos e iniciando una conversación casual conmigo sobre algún evento noticioso.

   No podía creer que lo estaba viendo, hacía tiempo que no soñaba con él, por lo que corrí a hacer algo que en vida sólo hice en ocasiones solemnes, como grados o cumpleaños, y nunca con mucha efusividad: empecé a abrazarlo con muchísimo cariño y a decirle que no entendía lo que pasaba, que a veces estaba vivo y otras no, pero que iba a aprovechar porque no sabía cuándo le volvería a hablar.

   Qué falta me haces, papá; te extraño como el primer día sin ti...

Aquí debería ir una foto de nosotros juntos, pero lamentablemente tengo muy pocas y "recientes", ninguna.


sábado, 3 de enero de 2015

Sueños del 3 de enero

   Esta mañana soñé que de nuevo era alumno en el último año del colegio y, al llegar, me encontraba con la sorpresa de que la baranda del pasillo que conducía a mi salón había sido removida, por lo que no existía nada que lo protegiera a uno de caerse en caso de resbalar o acercarse mucho al borde.

    Al entrar al aula -tarde, como siempre-, un profesor que no reconocí -mi cerebro inventó un maestro genérico para la ocasión- dijo "Lo bueno de esto es que si se pone fastidioso, podemos hacer así con Sebastián" y acto seguido arrojaba un cojín de colores -con patrones como lo que tenían mis padres cuando nací- por el borde y hacia el suelo, dos pisos más abajo, y como si lo hubiese entendido a manera de orden, se paró Pablo Abreu -quien, curiosamente, no estudió conmigo el bachillerato en el Friedman, sino la primaria en el Michelena- dispuesto a lanzarme por el mencionado borde, ante la risa de todos, sin que nadie saliera a defenderme.