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| Afiche de lanzamiento |
Vengo llegando de ver la que bien podría
catalogar como la mejor película venezolana que he visto en lo que va de siglo
o, cuidado y si no, en la vida.
Así como lo leen: creo que es la mejor
película de todas las que he visto hechas aquí… ¡Pero mosca!, no corran a
emocionarse o a tildarme de exagerado, porque tamaña afirmación adolece de un
terrible defecto de origen, el de que son muy pocas las películas venezolanas que
me he sentado a ver en mi existencia cinéfila. Confesión que hago con mucha
tristeza pero con la firme convicción de estar obligado a hacerla, dado que se
trata de una realidad que no se origina en mis caprichos y prejuicios, sino en
un estructural problema de fondo cuya solución escapa de cualquier control de
mi parte, y es que el cine venezolano me repele.
Y me ha repelido siempre, pese a sus
notables y muy honrosas excepciones, por el simple y llano hecho de que es malo.
Fría y ruda forma de decirlo, pero no encuentro otra, así que lo repito en dos
platos: El cine venezolano es malo… Peeeero, ojo: es malo no porque aquí
no podamos hacer las cosas bien ¡Para nada! Es malo por el natural y lógico
hecho de que nadie nace aprendido. Nadie agarra una cámara por primera vez y entrega
de regreso una obra maestra para todos los tiempos ¡Imposible!
