miércoles, 27 de mayo de 2015

Lo que revela el silencio, pt. 1

   Exactos quince años atrás, entre febrero y abril de 2000, cumplía ya tres vueltas al Sol el noviazgo más largo que he tenido. Éste había empezado con buen y prometedor pie en enero de 1997, justo cuando cursaba el primer semestre de Biología en la Universidad Central de Venezuela, cumplía la mayoría de edad y comenzaba a preocuparme, cual si fuera gringo, por cómo, cuándo y dónde podría comprarme una vivienda propia...

   Los primeros dos años de aquella relación formaron parte del que considero el período más feliz de mi vida, sin embargo, para el momento en que dio inicio el nuevo milenio, sentía que muchas cosas no me estaban fluyendo como quería, como proyectaba o como deberían. No me sentía a gusto con la carrera, el dinero me duraba cada vez menos, el carro se jodía cada vez más, el país se encaminaba por un terrible derrotero luego de haber cometido el peor error de su segundo siglo de historia republicana y mi noviazgo se sentía pantanosamente estancado. Carente de estímulo, sin novedad, aburrida y repetitiva, la relación seguía casi exactamente igual que como había empezado y, para más colmo, la frustración generaba roces, desencuentros y hasta peleas.


  Un buen día, ignoro por qué motivo, me fui de su casa sin ganas de volver a verla. Llegué a la mía y la llamé para reportar un arribo sano y sin novedad, gesticulando las que, sin proponérmelo muy conscientemente, serían nuestras últimas palabras por un buen tiempo. Simplemente ocurrió que a la mañana siguiente no la llamé; tampoco esa tarde... Ni al día siguiente, ni al día siguiente de aquel, ni todavía luego de una semana.

    Obviamente, mi mamá no pudo evitar notarlo (asumo que tampoco mi papá) y al cabo de varios días me preguntó por ella. No recuerdo qué contesté, pero debe haber entendido el "mensaje a García", porque tampoco recuerdo que me lo preguntase otra vez; al menos no con la insistencia que la caracteriza... Cuando transcurrieron varias semanas ya eran los amigos los que me preguntaban por ella, y a todos, sin distinción, les daba yo la misma respuesta: "no sé". Algunos quedaban, era mi impresión, impactados de alguna forma, ya que no preguntaban más, pero la mayoría continuaba el interrogatorio para saber si habíamos terminado, sin embargo, yo a todos les daba la misma segunda-respuesta: "no"... "¿Y entonces?" repreguntaban ellos. "Entonces nada" decía yo, "algún día volveremos a hablar, pero por ahora, no lo estamos haciendo".

   Como era de esperarse, para ese momento en mí ya estaban operando tanto el "efecto bola de nieve" como la Tercera Ley de Newton: el que ella no me llamase me asombraba, me molestaba, me entristecía, en fin, me indignaba; y de tal sentimiento nacía la resolución de mantenerme firme y no llamarla tampoco yo.


   Por supuesto que una parte de mí siempre quiso hacerlo desde aquella primera mañana, pero era mi convicción que yo había puesto demasiado de mi parte y ahora la pelota estaba en su cancha, si me quería, que lo demostrase...

   Nunca lo hizo.


   Pasados tres meses, ya casi cuatro, tuve una especie de epifanía romántica durante una salida de campo en los valles de Aragua, muy cerca de El Consejo. Fue la noche en que dio inicio la actividad y en una pequeña colina cerca del campamento base. Nos hicieron acostarnos; mucha gente se puso a hablar pero yo me quedé solo e hipnotizado por el cielo, que se veía fantástico. No estoy seguro de la curcilería, pero creo recordar que hasta vi una estrella fugaz, pero aunque no, lo cierto es que a partir de ese instante sólo pude pensar en ella, en lo mucho que quería verla, en que quisiera contarle lo que estaba haciendo... Y fue en aquel momento en que me decidí: cuando volviese a Caracas, la buscaría.

   Así como de la indignante sorpresa de que por cada día que pasaba en que ella no me llamaba se había estado alimentando mi resolución de no buscarla más, a partir del momento en que decidí que la quería de vuelta, no sólo saqué fuerza para terminar de cursar aquel fin de semana retador, sino para sentir que podía componer mi vida, reencaminándola.

   No recuerdo cuánto tiempo pasó con exactitud, pero sé que no llegó a la semana. Fue una tarde, temprano, y tuve la suerte de que estaba sola en su casa, por lo que no tuve que darle a la familia explicaciones de en dónde había estado metido cuando apenas estaba saludando. Conservaba la llave del portón del edificio, lo que me permitió, sin hacer ruido, subir hasta su primer piso, toqué el timbre y me abrió precisamente ella. Nunca olvidaré la expresión de su cara...


-CONTINUARÁ-

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